
Desde el asiento de atrás aprendimos que no hace falta levantar la voz para cambiar el ambiente de un equipo. A veces basta con entrar a la oficina.
Hay días en que el líder llega saludando, pregunta cómo estamos y el trabajo parece comenzar con más ligereza. Y hay otros en que, antes de decir una palabra, ya sabemos que será mejor mantener distancia. No porque alguien nos lo haya dicho. Lo aprendimos observando.
Con el tiempo descubrimos que el estado de ánimo de un líder rara vez se queda únicamente en el líder. Se expande. Empieza en una oficina, pasa a una reunión, llega a una conversación de pasillo y termina instalándose en el resto del equipo.
Desde el asiento de atrás esas cosas se sienten. Hay días en que dejamos de hacer una pregunta porque intuimos que no es el mejor momento. Posponemos una conversación. Guardamos una idea. Esperamos que pase la tormenta. Y sin darnos cuenta empezamos a trabajar alrededor del estado de ánimo de una persona.
No esperamos que un líder es...
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